Basta mirar a un lado para saber que siempre hay alguien que te ayuda o te necesita.
Pero a veces solo observamos el hueco al centro y preferimos pensar que nadie existe.
En algunos lugares e irónicamente los más marginados o pobres, las personas aun se quitan el taco de la boca y te lo ofrecen, sin pensar y sin importar si se quedan sin alimento. Pocas personas comprendemos el verdadero valor de la humildad y la humanidad. Mientras más logramos obtener, mas necesidades aparecen, o al menos eso parece.
Mientras nos pasamos la vida reprochándole al destino las ¨carencias¨ que por momentos se nos presentan, otros en cambio agradecen a dios el dolor de la pobreza y dan gracias por sentirse aun vivos.
Poco es lo que se necesita para vivir, pero algunos no logran alcanzar ni ese poco.
El día festivo se acercaba y nos preparábamos para le fiesta nacional, había que comprar algunas cosas y nos dirigimos a un pequeño mercado. Al llegar mi esposa bajo del auto y yo preferí quedarme. El día era caluroso, pero logre colocarme en una sombra y abrí las ventanas del auto mientras esperaba la salida de mi esposa.
A lado de mi auto sentado a la salida del mercado estaba un vendedor de helados, se refugiaba un poco del sol mientras hacía sonar una pequeña campana morada que colgaba de su pecho. No era el típico vendedor que lleva empujando un carrito paletero, este era uno de esos nuevos que visten trajes fluorescentes y llevan la mercancía al hombro en algunas hieleras que dibujan un pingüino.
Al estacionarme lentamente lo hice subir la acera y después de acomodar el auto volvió a sentarse. Colocando sus dos hieleras una sobre otra.
Mientras esperaba la salida de mi esposa decidí, leer un poco. Llevaba un libro de un famoso escritor y venia ya hace días queriendo comenzarlo, así que me decidí en ese preciso momento, lo abrí y comencé a leer.
Solo avance unas líneas y el ruido de otra campanilla me desconcentro, pero no me hizo voltear y continúe. Solo que ahora escuchaba la conversación entre lectura.
El vendedor saludaba a alguien-
__Que tal señora como le fue?__
De inmediato escuche la respuesta.
__Pues… Mal, eso de las fiestas no nos conviene!-_ decía mientras se escuchaba ajitada.
De pronto no pude resistir y observe sobre el libro. Su tono de voz me llamo la atención.
Su voz era pausada y un tanto quebrada, y su cara reflejaba el cansancio de una jornada duramente incompleta.
Llevaba el mismo traje del hombre y arrastraba sus hieleras en un carro de mercado. Su ojo derecho era el único funcional, tenía el izquierdo totalmente en blanco.
Al verla sentí una gran pena mezclada con la gran impotencia de ayuda. Después de un segundo continuaban su coloquio.
__Cuantos helados ha vendido__ preguntaba el hombre desde su posición sentado en la banqueta __Pues.. . ninguno__ decía la mujer mientras buscaba entre sus bolsas algo que nunca saco.
__Aquí yo, vendí dos, pero creo que a los niños les gustan más los de leche y de esos no traje hoy __Agregaba el hombre con cierta pena mientras se retiraba la gorra y la sacudía un poco.
__Si quiere le cambio algunos, yo traigo puros de leche __Respondía la mujer
__Esta bien, no se preocupe yo le dejo este lugar señora, al fin yo ya hice venta. Caminare hasta la próxima tienda y la dejare aquí, vera que a lo mejor y vende algo __Concluyó el hombre y coloco sus hieleras al hombro.
La mujer le agradeció y el hombre se perdió al final de la calle bajo el caluroso día y el sonido de las campanillas lejanas.
Tuve en ese momento una gran lección de compasión. El hombre había comprendido y vivido en carne propia el largo trabajo que venía haciendo la mujer y sacrifico su cómodo lugar haciéndose a la calle para darle oportunidad.
Después de marcharse varios niños llegaron y terminaron temporalmente con la mala racha de la mujer de ojo blanco.
Comprendí también de nuevo, el gran sacrificio que algunas personas hacen por tan poco beneficio.
Retorne a casa y reunía mis hijos para contarles y enseñarles el valor de la compasión y la humildad.
El mundo no es parte mía, yo soy parte del mundo
No importa que sea un vagabundo.
Jorge L. Sánchez








