Un Saludo es suficiente par saberme vivo y seguir caminando.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Estatua en mi jardín




En mi segunda semana de vacaciones, en su mayoría sumergido en el hogar, salí a regar mi jardín muy temprano. Normalmente lo hago antes de las nueve de la mañana, por aquello de que la temperatura aumenta drásticamente y llega a los 45 oC. (Extremo ¿no?)
La humedad aumenta conforme avanza la temporada de verano y esa mañana fue muy especial- por qué?, pues nada más porque amaneció Nublado.

Abrí la puerta de entrada y respire el aire húmedo un poco fresco. Aproveche la sombra natural y me apresure a regar el jardín temiendo las nubes se disiparan y el verdugo de fuego apareciera.
Después de nivelar la tierra de la jardinera vi que era bueno sembré otras semillas de girasol aprovechando que la temperatura tardaría en elevarse.
 Luego de unas horas en pie, caminando de una orilla a otra, coloque la manguera a lado dejando fluir un leve hilo de agua mientras sentado observaba las nubes desplazarse lentamente formando una capa gris oscura como cuando mesclas dos tonos de pintura en una cubeta. El viento soplaba suave y las hojas de la buganvilia temblaban a su paso. Las nuevas hojas lo disfrutaban y las maduras temerosas de caer se aferran a la rama. De pronto tire la vista al piso y explore lentamente chocando con una pequeña hormiga que atravesaba la entrada del garaje e imagine la gran distancia que recorrería desde un extremo a otro, tomando la referencia de su tamaño. Grandes grietas lodosas con escarcha de hojas que se convierten en ríos con el fluir de la línea de agua después de haber humedecido el piso de concreto. Las hojas secas de la buganvilia y el pequeño olmo se convierten en grandes trozos de madera que estilan hilos de cristal. Los barrotes de acero de la cerca forman grandes torres danzantes que oscilan con el viento y lanzan estruendos al chocar, pero la pequeña soldado sabe que lloverá y detenerse sería fatal. Se desliza veloz sobre cualquier superficie y se pierde bajo la entrada a su caverna.

Su intuición era innegable. Justo después de perderla, las gotas de lluvia comienzan a mover las hojas del álamo como teclas de un piano se inclinan poco a poco. Algunas alcanzan mis manos y al girar la vista al cielo las veo venir como proyectil, culminando en diminutas explosiones sobre el piso de concreto, y unos segundos después la buganvilia y el álamo no se dan abasto al recibir la incesante ráfaga.
Todo esto paso y yo seguí ahí, sentado sobre la jardinera dejando mi cuerpo como estatua al centro de un parque bajo la tormenta, nadie la mueve ni se preocupa si se moja, nadie observa como corre por su piel las venas y ríos del líquido rasante. Congelada está ahí en espera de que la lluvia cese y regrese el sol. Igual yo, pero sin querer que el sol regrese. El solo pensarlo me inquieta un poco al pensar que se irá este momento de paz y quietud.

Este es mi mundo, vivo y sueño en el.
Antes de que la lluvia termine.
Jorge L. Sánchez

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